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Ciudad y naturaleza

Vivimos encerrados, al menos la mayoría de los que vivimos en la ciudad, y podemos pensar al estrés como el ingrediente en común que nos sala. ¿Es que realmente disfrutamos habitar en la ciudad? ¿Por qué no el campo o la naturaleza en general? Es que vivir apilados parece ser algo más ingenioso y complicado, y ahí está el problema. ¿Por qué lo complicado? ¿Por qué lo envasado? Parece que el cemento es mucho mejor, y es verdad que la descontaminación requiere ciertos reparos: la soledad o la falta de vida social puede ser irritante, también la falta de “oportunidades” tanto educativas como laborales y artísticas. Sin embargo, ¿de qué vale una, si perdemos la otra?

Creo que lo que agrega la vida en el campo (o sus variables) es la oportunidad de pensar, porque la metrópolis sobreestimula y encierra. Podemos acceder a sus universidades para enriquecer nuestras mentes, pero no basta con un título universitario para ponerse a pensar. Para poder pensar hace falta tiempo y ese es el recurso más limitado que tenemos.

¿De qué sirve una familia si no tenemos tiempo para disfrutarla? ¿De qué sirven los amigos, las artes, los teatros? Pensamos que en la ciudad tenemos mucho, pero en realidad lo que disfrutamos es muy poco. Como diría un presidente uruguayo, cuando compramos algo, lo que pagamos no es dinero, sino tiempo, nuestras horas de trabajo. Por eso, a menos que seamos millonarios, muchas veces nos vemos obligados a elegir entre tiempo y dinero. También es cierto que uno puede tener tiempo y no hacer nada interesante con eso, ¿pero qué sería algo interesante? No sé, aburrirse tal vez, y eso es algo totalmente importante, porque cuando uno se aburre crea.

¿Qué es lo natural en el ser humano? Y bien, creo que nada, pero al menos nos merecemos el poder escuchar el mar y mirar las estrellas.

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