Una mirada desde el psicoanálisis.
Partimos de la definición de Freud de cultura en “El malestar en la cultura”:
“La suma de las producciones e instituciones que distancian nuestra vida de la de nuestros antecesores animales. Que sirven a dos fines. Proteger al hombre de la naturaleza y regular las relaciones de los hombres entre sí.”
Ante esto comenta que la cultura falla irremediablemente en sus fines y lo que aparece es el malestar.
¿Con qué malestar nos encontramos hoy?
Pérdida de valor en todos los sentidos. Dentro de esto nos encontramos con un punto de repetición en la consulta:
Falta de objetivo propio: hay una gran dificultad para ubicar que primero hay que armar un proyecto personal, una “brújula” de vida para luego poder pensar en vínculos con otras personas. Muchas veces se esconde el fracaso de lo personal en el proyecto de pareja y/o familia, resintiendo los vínculos y generando un mayor malestar. Si uno no está bien con uno mismo, es imposible entablar relaciones saludables.
Indiscriminación de los parámetros de vida y falta de proyección a futuro: el primer punto donde lo encontramos es en lo familiar o convivencial. Los roles, cada vez más desdibujados y difusos. Muchas veces se asocia ser padre o madre a estar físicamente o proveer materialmente a un hijo o hija. Se deja de lado entonces que paternal y maternal tienen que ver con la contención, el cuidado, la responsabilidad y el compromiso. Son funciones que hay que ejercer.
Se pierde de vista que el límite también es un gesto de amor. Debido a esto nos encontramos con “desórdenes” familiares. Por ejemplo, dificultades para sostener la escolarización, chicos que no asisten a clases. ¿Cómo se trabaja la norma cuando el mismo tutor del niño es el primero que la incumple?
En este sentido, el incumplimiento de la norma no tiene ninguna consecuencia, salvo en casos extremos donde ya se implica el límite físico como golpes o lesiones en el cuerpo.
Esto genera una dificultad en la estructura psíquica de la persona ya que, si el límite es difuso o inexistente, la propia realidad se vuelve difusa y agobiante. Esto explica en parte el aumento de síntomas como el ataque de pánico, donde el cuerpo se desborda y experimenta la sensación de muerte. El límite se impone a través de la palabra y, si no hay palabra, todos los límites se desdibujan.
Hay una cultura de la satisfacción permanente o inmediata. No se tolera la frustración que implica posponer una satisfacción. Poder emprender un proyecto implica resignar ciertas cosas para poder llevarlo a cabo. Todo proyecto es un proceso y como tal requiere de la capacidad de espera y sublimación.
Esto genera en jóvenes muchas veces la necesidad de utilizar sustancias o generar autolesiones como una búsqueda en lo corporal de sentirse vivo en ese borde entre la vida y la muerte. La falta de propósito muchas veces es percibida como una muerte en vida.