Muchas cosas pueden ser definidas como el éxito: fama, dinero, logros, reconocimiento, objetivos, etc. Se puede hablar de “tener”, “ser” o “llegar” al éxito, el cual queda definido como algo a alcanzar o algo que se es. Más bien reconozco el éxito como un proceso y no como una meta, en el sentido de que desplegar el potencial de una persona permite realizarse plenamente a nivel personal (o al menos, eso es lo que se dice), y esto trasciende cualquier meta, ya que, como es lógico, cuando tenemos algo, queremos más. Nuestro deseo desliza siempre hacia otra cosa. Y hoy en día, todo nos empuja a gozar. Estímulos y sobrecarga de cosas, todo es excitante, todo nos incita y nada nos llena.
Tener un objetivo permite en cierta forma organizar nuestra vida en una dirección. Sin embargo, elegir también significa renunciar. No podemos ir en un sentido, si no renunciamos a las otras direcciones posibles, a menos, claro, que giremos en círculos o caminemos sin rumbo. En este caso, sería normal encontrarnos repitiendo siempre las mismas situaciones.
Entonces, el éxito sería algo a lo cual no se llega nunca, ya que podemos pensarlo más bien como un recorrido, un recorrido en el cual desplegamos nuestro deseo y recorremos aquello que nos hace únicos, aquello que solo nosotros podemos hacer: renunciar. Renunciar es la clave del éxito. Y es que, para llegar al éxito, tendremos que renunciar a él.
“Quiero todo”, la propia experiencia en análisis revela, entre otras cosas, que hay una falta inevitable en el ser humano. Y es que, para tener algo, tenemos que perder otra cosa. Para elegir tenemos que decir “sí” y también “no”. No se puede todo, y la imagen de totalidad que ofrece el éxito nos quiere decir que sí, que es posible que no falte nada, y esa es la gran estafa de la época.